Mi Duque de las Highlands (primeros capítulos)

Marina

Tengo la sensación de que la vida me da la espalda cada vez que me empiezan a ir las cosas bien. Cuando parecía que me había recuperado del golpe que me supuso la muerte de mi madre y comenzaba a acostumbrarme a vivir sola en el piso donde me crié, otro revés me ha dejado de nuevo fuera de juego y sin venir a cuento.

Esta mañana me han llamado de recursos humanos de mi empresa para decirme que este viernes, es decir, pasado mañana, es mi último día. Supongo que trabajar en una cadena de ropa multinacional nos convierte a sus empleados en un número que, cuando no interesamos, nos dan una patada y nos dejan de patitas en la calle. Sin embargo, la chica que me ha dicho que tenía las horas contadas en la tienda, también me ha comentado, con un tono que pretendía ser demasiado amable, que solo era un despido temporal y con finiquito. Además, ha insistido en que, con toda probabilidad, en breve volverán a ponerse en contacto conmigo para ofrecerme un nuevo puesto. Por lo visto, quieren abrir una macrotienda en pleno centro y por eso cierran varias de las pequeñas como la mía. Pero como está tan de moda que ahora las grandes cadenas tengan las flag ships en el centro de Barcelona, para abaratar costes, cierran el resto no tan bien ubicadas.

Así que hace un rato me he enterado de que me he quedado sin trabajo para los próximos meses. La verdad es que dejar de trabajar como dependienta no me supone ningún trauma, al contrario, porque estoy bastante cansada de hacer siempre lo mismo, pero eso no quita que gracias a ese trabajo disponía de un sueldo que me permitía sobrevivir.

—Marina, ¿te han llamado de recursos humanos? —me dice Anabel, una amiga y compañera de la tienda justo cuando salimos de trabajar.

—Sí, ¿a ti también te han dicho lo de que en unos meses abrirán la flag ship? —le pregunto subiéndome la cremallera del anorak al sentir el viento frío en la cara cuando salimos a la calle.

—También, ¿te han dado finiquito? —quiere saber mientras se enciende un cigarrillo.

—Sí, bueno, me lo darán porque no me lo han ingresado todavía…

—Claro, lo harán con la parte proporcional de la nómina de este mes.

—Suerte que nos arreglan los papeles del paro —bufo y me meto la mano en los bolsillos del anorak.

—Pues sí y ¿sabes lo que tendríamos que hacer? —me sonríe después de soltar el humo entre sus dientes.

—¿El qué? Miedo me das —respondo divertida negando con la cabeza.

—Gastarnos la pasta del finiquito en un viaje —me dice con una sonrisa radiante y yo no puedo evitar reírme al ver su expresión.

—Ya sabía yo que alguna locura me ibas a proponer —contesto mientras me río.

—¿Locura? Pero a ver, tía, ¿hace cuánto que no te has ido de vacaciones? —me pregunta y se para delante de mí para que no continúe caminando.

—Pues —digo pensativa entrecerrando los ojos.

—Desde antes de que tu madre se pusiera enferma, seguro.

—Sí.

—Y de eso hace por lo menos tres años —añade levantando una ceja.

—Por lo menos.

—No se hable más ¡Nos vamos de vacaciones! —exclama alzando los brazos y yo no puedo evitar volver a reírme.

—¿Con este frío?

—¿Y eso qué más da?

—Pero ¿dónde quieres ir? —le pregunto arrugando el entrecejo.

—Al caribe no, que no nos da para tanto la pasta —se carcajea.

—¿Entonces?

—A ver, Marinita, ¿dónde habíamos dicho siempre que nos encantaría ir?

—¿A Escocia?

—¡Claro! ¡Tenemos que ver los escenarios de Outlander!

—Hace tanto tiempo que lo decimos que ya me había hasta acostumbrado a que solo fuera un sueño.

—Pues dejemos de soñar y vayámonos a Escocia, ¿vale?

—Vale —respondo sin pensármelo demasiado y me abrazo a Anabel mientras no dejo de dar saltos de emoción.

—¡Jamie Fraser, vamos a por ti! —grita Anabel y yo no puedo evitar volver a reírme ante su ocurrencia.

2

Marina

 Anabel es muy buena chica, pero siempre ha sido muy dada a cambiar de idea de la noche a la mañana, por lo que cuando me dijo lo de irnos a Escocia no la creí demasiado. La conozco y sé que hoy dice blanco y mañana puede cambiar a negro, a rojo o a cualquier otro color. Nos conocemos desde que íbamos al colegio y sé que ella es así y no me sorprenden sus cambios de opinión repentinos. Por eso, pensé que Anabel decía por decir lo de irnos de viaje. Pero cuando me insistió al día siguiente en que al acabar nuestro turno en la tienda quedáramos para mirar ofertas por internet, me pareció una locura.  Nos despedían, nos mandaban al paro y a nosotras no se nos ocurría nada mejor que planear el viaje que siempre habíamos soñado.

Así que, al salir de trabajar, nos sentamos en una cafetería a unas calles de donde está la tienda y empezamos a buscar. En apenas una hora compramos dos plazas en un viaje organizado para unos días después de nuestro despido. Me sorprende bastante la rapidez con la que está yendo todo, pero por una vez en mi vida no me importa. Estoy dispuesta a hacerme este regalo que llevo tanto tiempo deseando y que, de no ser por este contratiempo laboral, nunca me habría decidido a convertir en realidad.

Son las doce de la noche y aún estoy acabando de preparar la maleta. Nuestro vuelo a Edimburgo sale a las ocho de la mañana y me muero de ganas de acabar de hacer mi equipaje e irme a dormir.

Anabel supongo que hace rato que debe estar en la cama, porque le he mandado varios mensajes y no me ha respondido, así que ya me contestará mañana cuando se despierte. Hemos quedado a las seis en el aeropuerto en la cola de facturación, así que antes de esa hora seguro que tengo noticias de ella.

Son las siete y media de la mañana, he facturado mi maleta y continúo sin poder contactar con Anabel. La he llamado no sé cuántas veces, porque los mensajes tampoco los responde. Estoy preocupada y no sé qué hacer. No sé si le ha pasado algo, si se ha dormido, si ha perdido el teléfono o cualquier otra cosa mucho peor.

Mientras espero frente a la puerta de embarque, decido llamar a sus padres, seguro que ellos deben saber algo, así que empiezo a buscar en la agenda el teléfono de Rosa, su madre. Un instante antes de que pulse el botón de llamada, suena mi teléfono, es Anabel. Suspiro, aliviada.

—Tía, perdona —escucho al otro lado del teléfono a Anabel con la voz somnolienta.

—¿Estás bien?

—Sí, sí, no te preocupes.

—¿Dónde estás? Nuestro avión sale en menos de media hora.

—En casa.

—¿Cómo que estás en casa?

—Sí, tía, es que…

—¿Qué ha pasado?

—Pues que me encontré a Jorge y…

—¿A Jorge? ¿Qué Jorge? ¿Tu Jorge? —pregunto alzando las cejas, sorprendida de que Anabel se digne a mirar a la cara a Jorge, su ex, quien le puso los cuernos con varias durante los tres años que duró su relación y del que no ha vuelto a saber nada más desde hace no sé cuánto.

—Sí, mi Jorge y, tía, me pidió perdón y…

—Anabel, imagino que lo mandarías a la mierda, ¿no?

—Me pidió perdón de verdad y me dijo que estaba muy arrepentido.

—Bueno, eso te lo ha dicho unas cuantas veces —bufo incrédula ante su ingenuidad.

—Ya, pero ahora es diferente.

—¿Diferente? ¿Por qué?

—Pues…

—¿Te lo dijo haciendo el pino? Va, tía, que lo conocemos de sobra —digo caminando de un lado a otro delante de los ventanales que tengo frente a mí, mientras observo cómo despega un avión tras otro.

—No te lo tomes a cachondeo, porque hemos vuelto y nos vamos a vivir juntos —me dice aún con la voz somnolienta, aunque detecto que está sonriendo mientras me habla.

—No me puedo creer que confíes aún en él.

—Tía, ya sabes que nunca he dejado de estar enamorada de él.

—Algo que aún me cuesta más creer.

—El amor es así —me dice con una risita.

—Sí, supongo que sí —contesto negando con la cabeza.

—Y por eso te he llamado —resopla.

—¿Porque el amor es así? —pregunto con sarcasmo.

—No, porque hoy me mudo a su casa.

—Pero si nos vamos a Escocia, ya te mudarás cuando regresemos, ¿no?

—No, tía, quiere que me vaya hoy mismo. Y yo me muero de ganas de estar con él y de retomar lo nuestro cuanto antes y en el punto en el que lo dejamos.

—¿Vas a perder el vuelo y la pasta que has pagado?

—Contraté un seguro, pediré que me devuelvan el dinero.

—Pues no sé yo si entre las condiciones del contrato figurará que no te vas de viaje porque el amor es así, ¿eh?

—No te enfades, tía —me ruega.

—Hombre, acabas de dejarme plantada, Anabel.

—Lo siento, tía.

—Más lo siento yo que me voy a tener que ir sola de viaje.

—Ah, ¿pero vas a ir?

—Claro, acaban de anunciar el vuelo, he facturado mi maleta y tengo pagado el viaje y yo no cogí seguro, ¿lo recuerdas?

—Sí —dice poniendo su vocecita de niña buena que me conozco de sobra.

—Pues nada, te dejo. Me voy a Escocia, a hacer nuestro viaje en solitario.

—Te lo pasarás genial, tía.

—Seguro que sí. Mientras, tú disfruta de que el amor es así —le digo con retintín y le cuelgo, sin esperar a que me responda.

En este momento me siento más que enfadada. Conozco de sobra a Anabel, pero que me deje plantada justo en este momento, cuando poca opción más me queda que subirme al avión, me da rabia, mucha rabia.

Respiro hondo para calmarme. No tengo demasiadas alternativas, así que más me vale que me relaje y que me predisponga a disfrutar de los días que tengo por delante. Nunca he viajado sola y hacerlo sin haberlo previsto me da algo de vértigo, la verdad. Aunque tengo claro que nada pasa por casualidad y si tengo que ir a Escocia, aunque sea sola, voy a ir. Además, pienso disfrutar tanto como pueda cada minuto de este viaje. Si Anabel prefiere quedarse aquí por un hombre que le ha demostrado varias veces que le importa menos que nada, ella sabrá. Yo pienso disfrutar de mis días en las Highlands, aunque sea a solas. Tengo la corazonada de que este viaje me va a cambiar, no sé cómo ni por qué, pero estoy convencida de que va a suponer un punto de inflexión en mi vida.

3

Marina

Poco después de las once de la mañana, el avión en el que he volado desde Barcelona, aterriza en Edimburgo. Está lloviendo, algo que esperaba, porque tal y como he leído en todos los blogs de viajes a Escocia el tiempo es muy cambiante en esta zona.

Sin embargo, las condiciones climáticas no me importan. He decidido después del plantón que me ha dado Anabel, que nada ni nadie me va a echar a perder este viaje que tantas ganas tenía de hacer. Además, voy bien abrigada y preparada para la lluvia con el abrigo impermeable con capucha, la bufanda roja y las botas de montaña también impermeables. Así que ya puede diluviar, tronar o lo que se encapriche el clima: nada ni nadie se va a interponer entre las Highlands y yo.

Cuando salgo del aeropuerto, tomo un taxi hasta el centro de Edimburgo. Tengo apenas un par de horas para dar una vuelta por el centro, mientras sale el autobús que me llevará hasta Inverness, donde mañana empieza la ruta en grupo que contratamos. Nunca he hecho un viaje organizado y menos con gente que no conozco, así que estoy totalmente a la expectativa respecto a lo que me voy a encontrar.

A pesar de que me da algo de pereza tener que ir a golpe de reloj, ahora que me he quedado sola por culpa de Anabel, prefiero hacer un viaje organizando y con más gente, aunque sean desconocidos, en lugar de ir a la aventura y sin compañía.

En Edimburgo hoy solo puedo pasar un par de horas, por lo que aprovecho para tomar un sándwich y dar un paseo por el centro. No puedo ver demasiado, porque voy arrastrando la maleta, pero al menos me recreo paseando por la Royal Mile y todas sus tiendas y pubs. Por suerte, al final de estas dos semanas de viaje, Anabel y yo teníamos previsto pasar los dos últimos días en Edimburgo, y a pesar de que ella ya no esté, pienso continuar con mis planes, así que entonces podré conocer algo más la ciudad.

Durante las casi cuatro horas de viaje en autocar hasta Inverness aprovecho para dormir. Estoy agotada porque esta noche pasada casi no he pegado ojo por los nervios. Además, me fui a la cama hacia la una y a eso de las cinco estaba bajo la ducha para salir hacia el aeropuerto en cuanto me tomase un café.

El autocar no va demasiado lleno de pasajeros y puedo estirar las piernas sobre el asiento vacío que tengo a mi lado. Recuesto la cabeza sobre el vidrio de la ventana y caigo rendida en brazos de Morfeo hasta que el autocar para en el centro de Inverness.

 

 

Tengo una habitación reservada en un hotel del centro de Inverness para pasar la noche, porque hasta mañana no empieza la ruta en grupo que tengo contratada. Así que al bajar del autocar, voy hacia la casa de Bed & Breakfast donde tengo la reserva. Me apetece dejar la maleta, aunque sea por unas horas, darme una ducha y salir a dar un paseo por el centro de la ciudad a tomar algo.

Después de pasear casi una hora bajo la lluvia, entro en una cafetería con ganas de tomarme algo caliente y quitarme el frío que me ha calado hasta los huesos. Estoy tan destemplada que a pesar de la calefacción que hay en el local, no me quito la bufanda roja que llevo enrollada al cuello como una boa constrictor.

Cuando me sirven mi cappuccino aprovecho para rodear la taza con las manos en un intento de que entren en calor. La bebida está muy caliente por lo que tengo que soplar un poquito para poder dar el primer trago. Me encanta el sabor del cappuccino, la mezcla de café y leche con el toque de cacao por encima de la espumita me parece un manjar de los dioses. Saboreo la bebida caliente que empieza a bajar por mi garganta y sonrío mientras miro a mi alrededor. La cafetería en la que estoy es muy bonita o muy cuqui, como le gusta decir a Anabel. Está decorada en tonos claros y pastel.

De mi amiga no he vuelto a saber nada más desde esta mañana cuando me dijo que no venía de viaje. Resoplo y niego con la cabeza. Estoy convencida de que Jorge la volverá a engañar y otra vez ella lo pasará fatal. Aunque sé que yo estaré ahí para darle mi apoyo y limpiarle las lágrimas si es necesario.

Aprovechando que hay wifi en la cafetería, enciendo mi teléfono para ver si tengo algún mensaje importante. Mientras lo estoy conectando, noto que alguien se ha parado frente a mí. Levanto la mirada un instante para comprobar quién es y veo a un chico como de metro noventa, castaño con el pelo algo largo echado hacia atrás, con barbita y ojos azules que me mira sonriente. Bajo la mirada avergonzada, por haberlo escrutado de esa manera y que él me haya pillado haciéndolo. Me aclaro la garganta, doy otro trago a mi delicioso cappuccino y me hago la concentrada en la pantalla de mi teléfono, aunque realmente solo estoy haciendo tiempo para volver a mirarlo cuando crea que está distraído. Levanto la mirada otra vez y el chico vuelve a mirarme, levanta las cejas y me vuelve a sonreír, como si me estuviera saludando. Siento cómo mis mejillas se encienden al instante y por cortesía le sonrío, aunque vuelvo a regresar mi mirada a la pantalla del teléfono llena de vergüenza. El chico no puede ser más atractivo y no entiendo qué hace mirándome de la manera en que lo ha hecho. Doy otro trago a mi cappuccino e intento disimular, aunque algo me dice que no lo estoy consiguiendo.

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