Corazón de tinta (primeros capítulos)

Prólogo

Amber

 

Mi madre tiene una habilidad casi sobrenatural para desestabilizarme. No importa cuánto tiempo pase desde la última vez que hablamos, siempre encuentra el momento perfecto para recordarme que, para ella, no soy más que un proyecto a medio hacer, que necesita pulirse a base de críticas y expectativas imposibles de cumplir.

A veces me pregunto cómo es posible que Charlotte, mi hermana mayor, encaje tan bien en ese molde. Parece que Victoria, mi madre, la hubiera diseñado en un laboratorio y perfeccionado cada detalle a su gusto. Mi hermana es todo lo que mi madre desea: impecable, decidida, con un prometido ideal y una carrera brillante como abogada corporativa. Ella es la hija que sonríe en las fotos familiares mientras yo, en el fondo, lucho por no parecer demasiado incómoda cuando una cámara me apunta con su objetivo.

Por eso, cuando me mudé a Edimburgo, sentí que finalmente podía respirar. Dejar las Highlands atrás fue como deshacerme de un apretado corsé que me había coartado durante toda la vida y no me hubiese permitido vivir mi propia vida.

Aquí, en cambio, entre las calles adoquinadas y los edificios de piedra, tengo un pequeño rincón que es solo mío y donde vivo a mi gusto. Mi piso en Dean Village es acogedor y está lleno de luz, aunque, muy a pesar mío, lo comparto con un compañero peculiar que convierte cada rincón de nuestro hogar en una galería improvisada de bocetos y lienzos a medio acabar. Ray es… bueno… es una persona complicada. Pero, al menos, no intenta controlar cada paso que doy y eso ya es un alivio.

Mi trabajo como diseñadora gráfica freelance me da libertad, aunque no la estabilidad que mi madre tanto valora. Según ella, una profesión seria es la única forma de ganarse el respeto de los demás. Pero aquí, rodeada de la atmósfera vibrante de Edimburgo y lejos del estricto juicio de mi madre, puedo perderme en proyectos creativos sin sentir que tengo que justificar mi existencia. O, al menos, eso es lo que podía hacer hasta hace diez minutos. 

 

Capítulo 1

Amber

 

El pitido de la videollamada me saca de mi pequeña burbuja de tranquilidad. Durante un segundo, contemplo la posibilidad de no contestar y fingir que no estoy en casa o que estoy demasiado ocupada trabajando. Pero el nombre de mi madre parpadea en la pantalla, y sé que ignorarla solo retrasará lo inevitable. Así que, respiro hondo antes de hacer clic en el botón para aceptar la llamada y un instante después su rostro aparece de forma inmediata, perfectamente maquillado y enmarcado por su melena rubia platino. Mi madre tiene ese aire de superioridad de alguien que sabe exactamente quién es y lo que espera de los demás.

—Amber, cariño, ¡qué bien que contestas! —dice con ese tono dulce que siempre tiene un filo escondido.

—Hola, mamá. ¿Cómo estás?

—Estupendamente. Muy ocupada con la boda de Charlotte, pero ya sabes cómo es tu hermana: todo tiene que ser perfecto.

Su sonrisa destella como un arma cargada. Charlotte, mi hermana mayor, siempre ha sido su orgullo. No porque sea especialmente brillante o creativa, sino porque encarna todo lo que mi valora en una persona: pulcritud, disciplina y, sobre todo, la habilidad de cumplir con las expectativas familiares sin pestañear.

—¿Y tú? —me pregunta, aunque su interés parece más una formalidad que real—. Pareces cansada. ¿Estás durmiendo lo suficiente?

—Sí, claro, mamá. Solo he tenido mucho trabajo.

—Ah, el diseño gráfico… —dice, como si fuera algo irrelevante o casi un pasatiempo.

Aguanto el impulso de cerrar la pantalla en ese mismo momento y acabar con la videollamada pero me aguanto las ganas. Pero esta situación es un guion que ya he vivido demasiadas veces y sé cómo termina. Mi madre tiene un talento único para convertir cualquier conversación en una evaluación de mi vida. Siempre encuentra algo que según su criterio debo mejorar y consigue, no sé muy bien cómo, hacerme sentir inferior.

—Espero que estés tomándote en serio tus prioridades, Amber.

—Sí, mamá —le respondo con la típica cantinela de hija obediente, que me he acostumbrado a repetir desde mi niñez.

No tengo fuerzas para discutir, así que prefiero quedarme callada, hasta que ella vuelve a hablar. 

—En fin, hija, te llamaba para recordarte que la boda de Charlotte está a la vuelta de la esquina, en menos de dos meses la tendremos vestida de novia y caminando hacia el altar. Todo está prácticamente listo. Será un evento espectacular, por supuesto.

Cierro los ojos un segundo, intentando prepararme para lo que viene. Mi madre nunca hace una declaración sin que poco después me regale un ataque directo.

—Espero que traigas a tu novio —. Y ahí está, un derechazo directo a mi mandíbula. 

Esas palabras caen como un rayo sobre mí y me parte en dos. Por un momento, tengo la esperanza de que no la he escuchado del todo bien y me estoy equivocando, pero al mirarla y ver su sonrisa, sé que no, la he entendido a la perfección. 

—¿Perdona? —insisto con alguna esperanza de que haya sido yo la que se esté equivocando.

—Tu novio, Amber. Tienes uno, ¿verdad? —mi ilusión de haber escuchado mal está tocada y hundida —. No querrás ser la única que asista a la boda sin pareja, especialmente con toda la familia presente. Serías la solterona…

Me quedo sin palabras, algo poco habitual en mí. Me quedo en blanco mientras ella sigue hablando, dando por sentado que mi vida sentimental es tan perfecta como la de mi hermana mayor.

—Charlotte y Nathan son la pareja ideal. Todos en la familia están encantados con ellos dos. Me gustaría que tú también encontraras a alguien que te hiciera tan feliz como tu futuro cuñado le hace a tu hermana.

—Estoy bien, mamá. No te preocupes.

—Eso no es una respuesta, cariño. Espero conocerlo en la boda.

El nudo en mi garganta crece y empiezo a tener la sensación de que me ahogo. Tomo aire y finalmente, sin saber realmente por qué, lo hago No sé por qué lo hago, pero de manera inesperada las palabras salen de mi boca antes de que pueda detenerlas.

—Por supuesto, mamá. Vendrá conmigo.

Mi madre sonríe, satisfecha, mostrándome su nívea dentadura perfecta, enmarcada con un color de carmín del mismo color que su blusa.

—Sabía que no me defraudarías. Hasta pronto, cariño.

La pantalla del portátil se apaga y yo me quedo mirando mi reflejo en ella, paralizada. Acabo de mentirle descaradamente a mi madre y no ha sido con una mentira pequeña… Le he dicho que tengo un novio, me lo he inventado de la nada. Resoplo y me paso las manos por la cara intentando aliviar esta sensación de ahogo que me invade ahora mismo. Después echo la cabeza hacia atrás y la apoyo en mis manos, intentando procesar lo que acaba de suceder. ¿Cómo voy a salir de esto?

—¿Problemas familiares?

La voz de Ray, mi compañero de piso, me sobresalta. Está apoyado en el marco de la puerta de la cocina, con una cerveza en la mano y esa sonrisa que siempre me da la sensación de que está a punto de reírse. 

—No estabas escuchando, ¿verdad?

—Solo un poco. Tu madre tiene una voz difícil de ignorar.

Le lanzo una mirada con la que intento atravesarlo, pero él no se inmuta. Ray siempre está relajado, parece que nada le afecta, algo que me saca de quicio, porque yo siempre tengo la sensación de que parece que esté a punto de darme un ataque de nervios. Es un contraste tan grande conmigo que me irrita, aunque también en el fondo hay algo en su actitud que resulta tranquilizadora.

—¿Y bien? ¿Qué ha pasado? —quiere saber arrugando el entrecejo.

—Nada —le respondo negando con la cabeza.

Él arquea una ceja, claramente divertido.

—¿Nada? Entonces, ¿por qué parece que estás a punto de tirarte por la ventana?

—Es complicado, Ray.

—Todo en tu vida parece complicado.

—Le he dicho a mi madre que tengo novio — le suelto y dejo escapar un suspiro antes de sentarme en la silla que tengo más cerca de mí, con la certeza de que si hay alguien que no va a juzgarme por esto, es él.

—Pero si tú no tienes novio, ¿no? ¿ O me he perdido algo? 

—No, no tengo novio… Ya lo sabrías, porque con lo cotilla que eres… ¿Quién podría ocultarte algo así? —le contesto negando con la cabeza.

Él se queda en silencio un segundo, procesando lo que le acabo de decir. Luego se cruza de brazos, apoyándose contra la encimera con una sonrisa que no presagia nada bueno.

—Interesante.

—No es interesante, ¡es un desastre!

—Depende de cómo lo mires. Podrías inventarte uno.

—Eso ya lo he hecho.

—Ah. Entonces lo que necesitas es alguien que lo haga creíble —me dice con un tono casual, que me pone aún más nerviosa.

—Ray, no —le digo diciéndole que no con el dedo índice de mi mano derecha.

—¿Qué? Pero si no he dicho nada —añade encogiéndose de hombros.

—Puedo ver lo que estás pensando.

—¿Puedes?

Se inclina un poco hacia mí, y su expresión es tan insolente que quiero lanzarle algo.

—Podría ser yo —dice finalmente moviendo las cejas de manera cómica. Al escuchar lo que acaba de decir, mi cerebro, incrédulo, casi se detiene en ese momento.

—¿Qué?

—Tu novio. Podría hacerme pasar por él.

Me río, aunque el sonido de mi risa suena más a nervios que a diversión. 

—No es gracioso.

—No estaba intentando ser gracioso. Piénsalo. Tengo experiencia en ser encantador, sé cómo causar una buena impresión y, además, ya vivimos juntos —me suelta casi de carrerilla y acaba encogiéndose de hombros con gesto inocente.

—Es una locura.

—Quizá. Pero es mejor que llegar sola a la boda y enfrentarte a todo el juicio de tu familia, ¿no? Y que te llamen solterona…

—No me enfrentaré a nada —sentencio tratando de sonar convencida de lo que digo, aunque sé que no estoy muy lejos de lograrlo..

—Claro que no… Solo estás intentando que todo el mundo piense que tienes la vida perfecta.

Su comentario da en el clavo, y eso me enfada aún más.

—No tienes ni idea de cómo es mi familia.

—Tal vez no. Pero sí sé que no tienes muchas más opciones.

Su voz se suaviza y me mira de una forma, que le hace parecer más sincero de lo que suele ser.

—Mira, Amber, no tiene que ser tan complicado. Solo estoy diciendo que, si necesitas ayuda, aquí estoy.

Me quedo mirándole, intentando decidir si habla en serio o solo está disfrutando del caos en el que me encuentro ahora mismo. Pero hay algo en su expresión que parece real.

—Espero no arrepentirme de esto —murmuro finalmente.

Ray sonríe y, en ese momento, sé que mi vida está a punto de volverse mucho más complicada.

—Esto va a ser interesante. 

 

Capítulo 2

Ray

 

La voz de Amber siempre tiene un matiz que me resulta difícil de describir. Es como si estuviera constantemente cargada de un peso que parece oprimirla, pero que ella nunca dejará que nadie vea del todo. Es algo que, lo reconozco, me intriga.

Cuando paso por la cocina y escucho la conversación que tiene con su madre, no puedo evitar quedarme apoyado en el marco de la puerta, observándola. No sé por qué lo hago. Quizá porque verla perder el control, aunque sea un poco, rompe esa rigidez que siempre parece dominarla y eso me gusta.

—Claro que tengo novio —dice, y mi ceja se arquea casi de forma automática.

No necesito ser un genio para saber que eso es mentira. La forma en que lo dice, el nerviosismo en su voz, incluso el ligero temblor de sus manos mientras sujeta el móvil, que mueve entre las manos, mientras mira la pantalla del portátil… Todo en ella me dice a gritos, que acaba de inventárselo.

Cuando la llamada termina, se queda mirando la pantalla del ordenador como si esperara que este le diera la respuesta que necesita. A pesar de que no dice nada, su frustración es palpable.

—¿Problemas familiares? —pregunto, entrando en la cocina con la calma de alguien que no tiene nada que perder.

Ella levanta la vista, sorprendida al verme. Está claro que no esperaba tener compañía.

—No estabas escuchando, ¿verdad?

—No demasiado. Aunque, siendo honesto, tu madre tiene un volumen de voz difícil de ignorar.

Su expresión es una mezcla de enfado y agotamiento, pero no puedo evitar sonreír. Amber es tan seria y contenida, que cualquier oportunidad de sacarla de ese molde me parece un reto irresistible.

—No es asunto tuyo, Ray.

—¿Seguro? Porque parecía interesante.

Abre la boca, probablemente para soltarme algún comentario cortante, pero al final solo suspira y se deja caer en una de las sillas. La veo llevarse las manos a la cara y, por un momento, me siento casi culpable por disfrutar tanto de su incomodidad.

—Le he dicho a mi madre que tengo novio —admite con voz apagada.

—Pero si tú no tienes novio, ¿no? ¿O me he perdido algo? 

Ella me lanza una mirada que deja claro lo que piensa de mi pregunta, pero no responde.

—Ya veo. Te has inventado un novio. Una estrategia arriesgada.

—No me lo recuerdes.

La observo en silencio mientras intenta encontrarle sentido a su propio desastre. Me apoyo contra la encimera, cruzándome de brazos, y dejo que mi mente juegue con una idea. Amber y su novio ficticio. Hay algo casi irónico en todo esto, teniendo en cuenta lo perfectamente planificada que parece su vida.

—Podría ser yo —le suelto de repente.

Las palabras salen de mi boca antes de que realmente las piense, pero cuando lo hago, lo encuentro muy divertido. Amber, en cambio, parece al borde de un colapso nervioso.

—¿Qué?

—Tu novio. Podría hacerme pasar por él.

—Eso es ridículo.

—¿Es ridículo o simplemente no te lo esperabas?

Ella me mira fijamente, como si intentara descifrar si estoy hablando en serio o simplemente disfrutando de la situación. La respuesta, por supuesto, es ambas cosas.

—Ray, esto no es un juego.

—Nunca he dicho que lo sea.

Camino hasta sentarme frente a ella, apoyando los codos en la mesa. Su expresión me dice que está evaluando cada palabra que le he dicho, buscando algún indicio de que esté bromeando.

—Piensa en ello —le digo con calma, como si estuviéramos discutiendo algo completamente racional—. Me presento como tu novio, sonrío, digo las cosas adecuadas y, lo más importante, consigo que tu madre deje de darte la lata durante al menos un día.

—No es tan fácil.

—Claro que lo es. Soy bueno en esto. Estoy segurísimo de que le encantaría a tu madre.

—Tú no la conoces —resopla negando con la cabeza.

—Mejor aún. No tendrá prejuicios contra mí… Al principio.

Su mirada se endurece un poco, pero también noto algo más: duda. Quizá incluso consideración.

—¿Por qué querrías hacerte pasar por mi novio?

—¿Y por qué no?

Ella frunce el ceño, claramente insatisfecha con mi respuesta, pero yo solo sonrío. Amber es el tipo de persona que analiza todo al milímetro, mientras que yo prefiero lanzarme y ver qué sucede.

—Mira, no estoy diciendo que sea perfecto, pero es mejor que nada, ¿no?

—Esto es una locura.

—Tal vez. Pero, sinceramente, creo que te vendría bien un poco de locura en tu vida.

No estoy seguro de si es el cansancio o la desesperación lo que la hace asentir finalmente, pero cuando lo hace, me invade una pequeña punzada de satisfacción.

—Espero no arrepentirme de esto.

Mi sonrisa se ensancha.

—Eso depende de ti. Pero te prometo que será interesante.

Amber es una contradicción con piernas. Por un lado, parece tener una necesidad insaciable de control y de planificar cada detalle de su vida. Pero por otro, hay algo en ella que pide a gritos romper con todo eso, algo que la hace estar aquí, en Edimburgo, lejos de su familia y su perfecta hermana mayor.

La mayoría de las veces, parece que está conteniendo el aliento, como si tuviera miedo de que cualquier cosa que haga o diga pudiera desmoronarlo todo. Pero hay momentos, pequeños destellos, en los que la veo relajarse, y es en esos instantes cuando me doy cuenta de lo mucho que se esfuerza por mantener una imagen perfecta de ella.

Me divierte, no voy a mentir. Quizá porque somos tan distintos, verla en ese estado de tensión constante me hace apreciar aún más mi propia despreocupación. Pero también hay algo más. Algo que me hace seguir ahí, ofreciéndome a ser su novio ficticio sin pensármelo dos veces.

—Si vamos a hacer esto, necesitamos establecer límites —dice Amber, cruzando los brazos.

Estamos en la sala de estar, un espacio que refleja nuestra extraña convivencia. Por un lado, su lado del sofá es minimalista, con cojines perfectamente colocados y una pequeña manta doblada en un extremo. Por otro, mi caos se extiende como una plaga: bocetos apilados en la mesa de centro, un lienzo apoyado contra la pared y un par de pinceles que probablemente deberían estar en agua para no echarse a perder.

—Límites, claro —respondo, aunque no puedo evitar sonreír.

—Estoy hablando en serio, Ray. Esto tiene que parecer creíble, así que no puedes tomártelo como una excusa para hacer lo que te dé la gana.

—¿Cuándo he hecho lo que me da la gana?

Ella me lanza una mirada que podría atravesar acero.

—Ray…

—Vale, vale. Límites. Continúa —le animo a continuar.

Amber toma aire y empieza a enumerar sus reglas como si estuviera redactando un contrato. Nada de improvisaciones, nada de tocarla innecesariamente, nada de comentarios fuera de lugar delante de su familia… La escucho con atención, aunque la interrumpo de vez en cuando con algún comentario que ella ignora deliberadamente.

—¿Y si tu madre me pregunta cómo nos conocimos?

—Decimos la verdad. Que somos compañeros de piso.

—¿Y cómo acabamos juntos?

—No necesitamos entrar en detalles.

—Amber, las parejas reales tienen detalles. Es parte del encanto.

Ella suspira, y puedo ver que este tema la pone nerviosa, por lo que tengo que hacer un gran esfuerzo por no reírme.

—Está bien, lo inventaré yo. Pero necesitas al menos saberlo para que no parezca falso.

—Ray…

—Tranquila. Soy un profesional en esto.

Ella me observa como si estuviera evaluando cada palabra que digo, buscando algún signo de que no me estoy tomando esto en serio.

—¿Por qué estás tan dispuesto a hacer esto?

—Porque va a ser divertido —le digo guiñándole un ojo.

Amber sacude la cabeza, como si no pudiera entender cómo alguien puede ser tan despreocupado como yo lo soy. Pero no dice nada más, por lo que me recuesto en el sofá, sonriendo para mí mismo.

Esto va a ser interesante.

Amber, todavía recelosa, asiente. Mientras me mira con desconfianza, pero también con resignación, y eso me hace sentir una pequeña chispa de emoción. Esto, aunque ella no lo vea todavía, será divertido.

—Espero que no te arrepientas —le digo, y su expresión me dice que probablemente ya lo está haciendo.

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