Bruce, heredero traicionado (primeros capítulos)

Prólogo

Siento la garganta seca y cada vez que grito es como si una garra de uñas afiladas se me clavara en el cuello.

Grito de nuevo.

Nadie me oye o no quieren oírme.

Necesito salir de aquí, levantarme de esta cama a la que estoy atada sin saber por qué ni quién me ha amarrado a ella.

Si tuviera las manos sueltas, me arrancaría el gotero que tengo clavado en el brazo derecho y me desataría las correas que me mantienen inmovilizada sobre este colchón.

Todo es blanco a mi alrededor, aséptico. No estoy enferma, solo algo atontada por lo que me deben de estar administrando por la vía que tengo puesta.

Quiero levantarme y salir corriendo, David me necesita. Debe de estar asustado porque no estoy junto a él.

Quiero salir de aquí.

Necesito ayuda.

¿Alguien puede oírme?

Capítulo 1

Bruce

Acaricio con el pulgar de mi mano derecha el volante del coche que me acabo de comprar: un Tesla último modelo que uso para moverme por Glasgow e ir a la oficina. Es un automóvil que, aunque no es como mis otros coches (ni los Porsche ni los Masseratti), no tiene nada que envidiarles para desplazarme por la ciudad. Además, con un coche de este tipo paso mucho más desapercibido en el garaje de la empresa que con alguno de mis deportivos de alta gama, y eso precisamente es lo que necesito ahora: parecer un empleado más.

Cuando freno en el último semáforo antes de entrar al edificio donde están las oficinas de mi empresa, me ajusto la corbata. Al hacerlo, el roce del cuello de la camisa blanca de algodón egipcio hace que sienta un leve escozor por encima de la clavícula izquierda. Chasqueo los labios y recuerdo el momento en el que la pelirroja con la que he compartido la noche me clavó las uñas mientras cabalgaba encima de mí. No suelo repetir con ninguna chica, pero con ella he cometido el error de verla dos veces en menos de una semana. Supongo que su espectacular forma de moverse entre las sábanas ha tenido mucho que ver.

Me quito las gafas de sol justo al entrar en el garaje y me hago una nota mental para bloquear a la pelirroja en la agenda del teléfono. Así no tendré la tentación de volver a quedar con ella cuando vuelva a llamarme.

Hoy es mi primer día de trabajo en la empresa familiar. Desde que me marché a estudiar a Estados Unidos, hace unos diez años, no he dejado de viajar alrededor del mundo para formarme en las mejores universidades. Después de acabar mis estudios, he cursado varios másteres y he trabajado en algunas de las empresas más importantes a escala internacional, donde he aprendido de los empresarios más influyentes del sector.

Ahora, después de cumplir los veintiocho años, me siento preparado para encargarme de la dirección la empresa que creó mi padre hace varias décadas y que ha hecho crecer durante todos estos años, hasta convertirla en un referente dentro del sector. EUN Logistics es una multinacional que posee varias delegaciones en cada continente, por lo que sus cotizaciones en bolsa son realmente muy altas.

Mi padre, después de tantos años al frente, siente que es hora de jubilarse y de que yo me ocupe del grupo empresarial que se ha encargado de levantar durante todos estos años. Como él, seré el accionista mayoritario y, por tanto, tomaré las decisiones del rumbo que debe llevar EUN Logistics de ahora en adelante.

Estoy dispuesto a aceptar el reto, pero quiero hacerlo como se deben hacer las cosas: desde abajo y sin que nadie me dé todo solucionado por ser el hijo del jefe.

Por esa razón he decidido que mi incorporación a la empresa sea discreta. Quiero hacerme pasar desde el primer día por un empleado más para conocer cómo trabajan el resto de los trabajadores. Nadie, a excepción de los altos cargos, sabe quién soy realmente, porque solo así podré relacionarme con cualquiera de los empleados de manera cómoda y sin que se comporten de forma impostada al saber que seré el nuevo jefe, después de la jubilación de mi padre.

Justo después de dar al botón del mando a distancia para cerrar mi coche, cojo mi móvil del bolsillo de la americana para bloquear el teléfono de la gatita que me ha arañado en el cuello hace unas horas. Si no lo hago ahora, con toda seguridad se me olvidará y no quiero volver a caer entre sus garras. Busco su número en la agenda y lo bloqueo mientras espero el ascensor en la planta subterránea del garaje.

Al abrirse las puertas metálicas del mismo, entro en él. Respiro hondo al detectar un agradable olor a ambientador. Es un aroma elegante, que no consigo identificar, porque nunca he tenido el olfato demasiado fino, pero si algo tengo claro es que este aroma me gusta y mucho. Miro a mi alrededor y compruebo que está todo muy limpio, supongo que debe de haber pasado hace poco alguien del servicio de limpieza. Sonrío, porque necesito que mi lugar de trabajo esté impoluto y ordenado para sentirme en paz.

Me miro al espejo lateral del ascensor aprovechando que voy solo y justo después de comprobar que he llegado puntual en mi reloj de pulsera, me echo hacia atrás algunos de los mechones que me han caído sobre la frente. Me ajusto la corbata de nuevo y sonrío al espejo. Me gusta la imagen que me devuelve, me considero un hombre atractivo y me gusta hacer gala de ello.

Al instante, se abren las puertas del ascensor y veo la recepción de la empresa. Suspiro y salgo con decisión del habitáculo metálico. Justo al avanzar me encuentro con un carrito de la limpieza a mi izquierda. Supongo que he llegado muy temprano, y deben de estar ultimando su trabajo.

—Buenos días —me saluda una chica vestida con el uniforme del departamento de limpieza.

—Buenos días —le respondo mostrando mi mejor sonrisa, algo que sé que a la muchacha le ha sorprendido, por la cara que se le ha quedado al oírme.

Camino sobre el suelo de mármol brillante y me acerco hasta el mostrador de recepción.

—Hola, soy Bruce Stewart, he quedado con el señor MacNamara—le digo con mi sonrisa más seductora a la atractiva rubia que me mira desde el otro lado del mostrador de recepción.

—Sí, me dijo que lo acompañara en cuanto llegase, le está esperando —me responde solícita y levantándose al instante de su silla.

Al llegar a su despacho, MacNamara, el responsable del departamento de gestión y mano derecha de mi padre, me espera mientras toma un café. Está sentado frente a la enorme mesa de madera de color oscuro y a su espalda tiene unos grandes ventanales de cristal, desde donde se ve buena parte de Glasgow.

—Bruce, bienvenido —me dice justo al verme aparecer por la puerta y se levanta para estrecharme la mano.

—Gracias, MacNamara. Al fin llegó el día de mi incorporación —le digo mirándolo a los ojos.

—Sí, tu padre estará muy contento de tenerte por aquí. Finalmente ha llegado el momento que tanto deseaba de poder irse retirando de los mandos para dejártelos a ti. ¿Un café?

—Solo y sin azúcar, por favor.

—Claro —responde justo antes de avisar de nuevo a la rubia de recepción para que me traiga el café.

—Supongo que mi padre te ha informado de que, durante un tiempo, estaré de incógnito en la oficina.

—Sí, me ha dicho que no quieres que los empleados sepan que eres su hijo.

—Lo prefiero. Es la mejor manera de conocer el funcionamiento real de la empresa y de los trabajadores. De otra manera, creo que evitarían hacer según qué por ser quién soy.

—La verdad es que eso es algo que tu padre nunca habría hecho, pero…

—Soy muy diferente a él.

—Sí, ya veo, Bruce, y me parece estupendo. A esta empresa le irá bien un soplo de aire fresco.

Justo cuando acaba de hablar, unos nudillos llaman a la puerta y entra la chica de recepción con mi café. La rubia me mira con una sonrisa que adivino llena de intención. Avanza hacia mí con la mirada puesta en el líquido que contiene la taza que lleva en una de sus manos y contonea las caderas mientras camina. La miro de arriba abajo y le vuelvo a sonreír justo cuando ella deja el café frente a mí en la mesa del despacho. Se inclina más de lo necesario cuando la tengo delante, en lo que parece un intento de mostrarme su generoso escote. Cuando deja la taza frente a mí, levanta la mirada y la fija en mis ojos. Yo le sonrío, aunque intento no prestar demasiada atención a sus atributos. No quiero que crea que soy alguien a quien le gusta mezclar el trabajo con el placer.

Capítulo 2

Ava

Dicen que cuando te haces mayor echas de menos las fiestas de la época universitaria. Yo no sé si las echaré en falta o no, porque la verdad es que no suelo salir demasiado a menudo. De lo que sí estoy convencida es de que encontraré a faltar todas las horas de sueño que ahora me estoy teniendo que ahorrar. Además, dicen que todas esas horas que pierdes, nunca las vuelves a recuperar, algo que me horroriza recordar cada mañana cuando suena el despertador.

Mis compañeras de trabajo siempre me dicen que parezco mucho mayor de lo que soy, por todas las responsabilidades con las que cargo, y no puedo quitarles ni un ápice de razón. Tengo veintidós años, trabajo como mujer de la limpieza en una multinacional, estudio en la universidad y cuido de mi hermano, David, que solo tiene ocho años. Sí, ya sé que muchas hermanas mayores cuidan de sus hermanos menores cuando sus padres trabajan o tienen que hacer cosas, pero en mi caso es diferente: soy la tutora legal de mi hermano porque mis padres murieron hace un par de años.

Hasta que mis padres tuvieron aquel fatídico accidente de coche, yo era una chica normal, que estudiaba con una beca en la universidad pública, que salía de vez en cuando con sus amigas y que se esforzaba cuanto podía por sacar las mejores notas posibles. Sin embargo, aquella tarde del tres de diciembre todo cambió. A partir de entonces, tuve que ocuparme en exclusiva de mi hermano que solo tenía seis años.

Ya sé que hay mucha diferencia de edad entre nosotros, exactamente catorce años, a pesar de que somos los dos únicos hijos de los mismos progenitores.

Mis padres decían que David había sido un regalo desde el mismo momento en el que mi madre se enteró de que estaba embarazada, porque llegó cuando ya no lo esperábamos.

A pesar de que siempre había deseado y soñado con dejar de ser hija única, nunca lo habían conseguido. Desde jovencita, ella había tenido ovarios poliquísticos y por ese motivo le costó mucho quedarse embarazada. Así que cuando nací, después de un parto bastante complicado, los médicos le dijeron que tenía pocas opciones de volver a concebir.

A pesar de que a les hubiera encantado tener una familia numerosa que llenase la casa de niños, se tuvieron que hacer a la idea y conformarse con tener una sola hija. Sin embargo, en un control rutinario en la consulta del ginecólogo, cuando mi madre esperaba que el doctor le dijese que estaba en plena menopausia, el médico le dio la genial noticia de que un bebé estaba creciendo detrás de su ombligo. Aquella fue una gran noticia para ella y le cogió por completo de sorpresa. Estaba tan feliz, que no se lo podía creer. Después de tantos años, le parecía imposible que aquello pudiera estar sucediéndole, y más de una forma tan inesperada. Pero cuando escuchó el fuerte latido del corazón del que sería mi hermano, tuvo la certeza de que aquel niño había llegado a su útero para quedarse.

Recuerdo cómo lloraba de la emoción cuando llegó a casa esa misma tarde y nos contó a mi padre y a mí lo que le había dicho el médico. Nos abrazamos los tres emocionados y en seguida empezamos a imaginar dónde meteríamos a aquel bebé inesperado en el minúsculo piso en el que vivíamos. Aunque nos hacía tanta ilusión aquel regalo tan imprevisto que no nos importó vivir apretados y tener que ajustarnos el cinturón, aún más de lo que ya lo hacíamos, con la llegada del nuevo miembro de nuestra familia.

Nosotros éramos muy humildes. A pesar de que mis padres trabajaban prácticamente de sol a sol, los gastos que suponían mis estudios, pese a que tuviese una beca, y, además, un bebé hicieron que tuviera que empezar a compaginar mis estudios con un trabajo de camarera. A pesar de que no ganaba demasiado, servir mesas me permitía solo ocupar unas cuantas horas del fin de semana y dedicarme de lunes a viernes a estudiar y a ayudar con el cuidado de David.

Sin embargo, desde que mis padres murieron, mi vida ha cambiado mucho. Tuve que cambiar de trabajo a uno de jornada completa, que me permitiera llegar por mí misma a fin de mes, así que busqué a la desesperada y conseguí un contrato a jornada completa como limpiadora en una multinacional.

Trabajar durante tantas horas a la semana y cuidar de David, hicieron que tuviese que dejar de ir a clase, por lo que desde entonces empecé a estudiar por las noches y a distancia.

Con este ritmo de vida, me siento muy cansada y hay días en que los que tiraría la toalla y dejaría los estudios, pero sé que cuando me esfuerzo, saco buenas notas y acabo consiguiendo lo que me propongo. Además, estoy convencida de que mis padres estarían muy orgullosos de mí y solo por eso merece la pena todo el esfuerzo que hago. Supongo que cuando acabe los estudios, podré dejar mi trabajo actual y conseguir uno relacionado con mi carrera que me permita poder vivir de manera más relajada y disponer de algo más de tiempo libre para poder pasarlo con David.

 

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